sábado, 2 de noviembre de 2013

EL CANTO A LA DIOSA, por Ramiro Calle




Contraplano 1993
 Era Ramakrishna, el gran místico de la India, quien declaraba: "A lo que otros llaman Dios, yo prefiero llamarle Madre". Las religiones judeocristianas siempre se refieren en términos masculinos al poder más alto, al Absoluto, a Dios. Pero las religiones más ancestrales rinden culto a la Madre, a la energía femenina, a la Diosa. Las religiones judeocristianas son inexcusablemente machistas y de ahí que a la mujer le hayan estado vetadas, tan injustamente,  determinadas actividades litúrgicas y que haya papas y no papisas, sacerdotes y no sacerdotisas. Se ha perdido en estas religiones machistas el culto a lo femenino, porque incluso el culto a la Virgen está por detrás del culto a Jesús. El protagonista es el hombre; la mujer ha sido postergada. Y sin embargo la energía femenina es la intuición y está más cerca de lo Inefable. Tampoco las religiones orientales han hecho justicia al ímpetu espiritual de la mujer. ¿Por qué no hay una Dalai Lama en lugar de un Dalai Lama? ¿Por qué no una Buda en lugar de un Buda o una Lao-tsé en lugar de un Lao-tsé? Pero en los credos más primitivos de la India  la energía femenina era el gran brasero donde se quemaban todas las impurezas. La Madre se constelaba en la mujer de carne y hueso y a través del amor a la mujer de carne y hueso se abría la senda hacia la Diosa. En su danza cósmica, frenética e infatigable, la Madre crea y recrea todos los universos  como una bailarina que no deja de danzar y nos muestra sus rostros más dispares. Ella es la dinámica, la que hace y deshace, la que respira a través del aliento de cada uno  de nosotros.  Es la reina en el tablero del ajedrez que configura el universo. La figura del rey es meliflua, representativa, simbólica, pero la figura de la reina es esencial en el mágico tablero del ajedrez cósmico. Ya nos han hablado muchas veces del rostro invisible  de Dios; quiero ver ahora, de frente, el rostro visible de la Diosa.    

Como buscador infatigable que he sido de la Shakti en determinadas épocas o fases de mi vida, ansiando fundir mi alma con el Alma de la Diosa, siempre me he sentido muy próximo a los cultos heterodoxos que han tomado por elixir alquímico y transformativo a la Madre Cósmica.
 
   En una de mis visitas a Darjeeling, en el norte de la India, una madrugada, antes de despuntar el día y nada más despertarme, escribí a la Diosa el siguiente texto a la luz serena de las velas:
 
   "He visto, Madre, tu nombre en las estrellas y me he visto a mí mismo viajando por los  espacios siderales a tu búsqueda, a tu encuentro. 
 
   He visto tus ojos, Madre, en la noche, como lunas espléndidas en el firmamento, y me he visto a mí mismo persiguiéndote a lo largo de los siglos, besando tus huellas, anhelando tu presencia.
 
   Esta mañana me he despertado con el alma agitada y he querido sentirte en mi carne, en  mis esperanzas, en mis ansiedades. Te he querido hallar en cada duda, en cada aposento de mi mente, en cada instante. Te he sabido cerca y lejos, y te he implorado para que te dejaras sentir y vivir en cada átomo.
 
   Tú, Madre, la gran yoguini, la demiurga, la hechicera cósmica, eres mi eco de infinitud, mi piedra de la luna, mi néctar, mi veneno... Te imagino con la brisa de la aurora y con el olor de los jazmines. Tu gran matriz cósmica es tibia y dulce, y el fuego de la madre tierra fulgura en tus ojos de claridad infinita. Me he soñado a mí mismo caminante por la Vía Láctea gritando tu nombre. Tu nombre es la melodía de mi mente. "Ma" es el mantra de los mantras; la palabra mágica, la palabra de tu abismo insondable.


Ramiro Calle
 



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