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| La isla, Contraplano 2001 |
La verdadera espiritualidad no pertenece a ninguna iglesia, organización, institución o grupo, orden o grupúsculo, sino que es básicamente adogmática y propia de mentes librepensadoras. Es tanto para creyentes como para agnósticos, teístas o no teístas, puesto que no se mueve por creencias, sino por experiencias, y no requiere que uno se encierre en un ashram o monasterio (que está muy bien si la persona siente que ese es su llamado), sino que se tiene que impregnar de esa espiritualidad la vida diaria. Es un modo de ser y de sentirse, de seguir el noble arte de vivir, de aprovechar la existencia para evolucionar conscientemente y humanizarse. Nada tiene que ver con ritos, cánticos, mantras, liturgias, creencias dogmáticas u organizaciones religiosas, a menudo (sean de uno u otro signo) saturadas de personas de mente estrecha y aferramiento a ideas y dogmas. El objetivo es crecer interiormente y conseguir claridad para la mente y compasión para el corazón, sin caer en santurronerías falaces o hacer un show de la propia religiosidad. No es privilegio para unos pocos ni nadie detenta el monopolio de la verdad. A menudo esa verdadera espiritualidad, que ha configurado una mística perenne y en todas las épocas y latitudes, ha sido vapuleada por las iglesias instituidas, al igual que falseada o desnaturalizada hasta lo esperpéntico por muchos seguidores de la llamada Nueva Era, que no quieren transformarse y evolucionar, sino recurrir a toda clase de placebos y que en lugar de esclarecer su visión la enturbian y prefieren la ilusoria fenomenología oculta a las verdaderas enseñanzas y métodos para el trabajo interior; toda vez que no quieren observar el inevitable trabajo interior y buscan atajos para llegar al cielo, ¡cómo si eso fuera posible! O descargan su responsabilidad en otras personas: sean videntes que nada ven, pseudoterapeutas que de nada sanan, hacedores de “portentos” que luego no saben ni resolver las pequeñas complicaciones de la vida o profetas catastrofistas que, por fortuna, nunca aciertan y que nunca son capaces de predecir los acontecimientos realmente conmovedores. Y así la persona con minoría de edad emocional, dependiente, que acarrea carencias afectivas y no es capaz de afrontar las realidades contundentes de la vida (que son las que ayudan a crecer) , se empeña en buscar intermediarios espirituales, cuando ella debe ser su propia intermediaria, y no poner la responsabilidad de su madurez y evolución en las manos a menudo poco fiables de los “salvadores de almas”, los gurus y los que, paranoidemente, se arrogan cualidades místicas o esotéricas de las que carecen.