
Es como si lo más íntimo de uno mismo se presentara, dándose una conexión con el ser o Sí-mismo, con lo que realmente somos más allá de modelos, viejos patrones, descripciones, cliclés socioculturales, adoctrinamientos y creencias. Es un ser y serse, sentir pleno y pleno sentirse. Uno se deja impregnar por la gracia interior, que encuentra su fuente en uno mismo.
Pero tan narcotizados estamos por los apegos, aborrecimientos y miedos, tan hipnotizados por el ego y la pequeña mente, tan víctimas de las influencias del exterior, tan obsesionados por las memorias y los proyectos, que vivimos de espaldas a ese yo interno, sin lograr una conexión con el mismo y mucho menos, por supuesto, poder instalarnos en él y vivir desde él.
Los automatismos mentales, la enrarecida atmósfera psicológica en la que nos desenvolvemos, la agitación y la angustia, son interferencias que nos distancian de nuestro ser y esconden la Presencia. La insatisfacción cotidiana, la distorsión del discernimiento que nos hace creer que solo obteniendo metas externas podemos sentirnos completos y dichosos, nuestras propias carencias psicológicas y los torturadores internos, la sujeción a los esquemas, el miedo a la verdadera libertad e independencia de la mente, las frustraciones amargas e indigeridas, la mente vieja que se resiste a un nuevo modo de ver y percibir, todo ello y mucho más nos impide la conexión con nuestra esencia y que podamos experimentar por largo tiempo (y no solo por fortuitos vislumbres) la Presencia y ser inspirados, confortados, esclarecidos y revitalizados por su energía. La agitación mental se convierte en una grave interferencia entre la persona y su propia esencia. La voz del Sí-mismo raramente se escucha y muy raramente la sabemos interpretar. El ser, una hoja a merced del vendaval de las influencias externas y de las internas, una marioneta dirigida por automatismos, nos impide sentir el llamado del Ser y que se revele una mente grande y menos egocéntrica, para poder hallar un resquicio por el que salir de la repetitiva y desertizada mente pequeña y egocéntrica, funcionando siempre en base a las asociaciones repetitivas y los mismos sofocantes modelos. Una consciencia tal se va desgastando y empobreciendo en el siempre mismo surco, sin poder atisbar justo aquello que la hace posible, poniendo el empeño compulsivo en conocer pero no en conocer al conocedor.

El que contempla está más cerca de la esencia y por tanto estimula la Presencia. Tiene que darse una alquimia interior para transmutar la nesciencia en sabiduría y corregir actitudes que nos hacen vivir en servidumbre y no en libertad. El mayor obstáculo a salvar es la ofuscación, de la cual surgen la avaricia, el odio y el miedo. También lo es, y grave, el discernimiento distorsionado, que confunde lo real con lo aparente, lo esencial con lo trivial, lo importante con lo accesorio. Se requiere una transformación de gran envergadura, pero es la única manera de volver al hogar interior y poder hallar ese poder interno, esa gracia, esa lucidez que nos ayuden a ser nosotros mismos y no un pálido y patético reflejo de las influencias del exterior o de nuestros propios contenidos anímicos neurotizados.
Solo así lograremos no vivir en una continuada disfunción y poder sentir esa Presencia que nos permite, como diría Buda, mantenernos sosegados entre los desasosegados y mantener, en palabras de Kipling, a cabeza tranquila cuando todo alrededor es cabeza perdida. Mientras tanto, y como aseguraba el relevante psiquiatra Hubert Benoit, estamos enfermos. Solo la enfermedad se desvanece cuando nos realizamos, o sea, vivimos también desde la esencia, amenazando sabiamente la personalidad. La fijación en nuestro pequeño ego es alienación. Nada cabe esperar de quien no transforme su mente y conecte con lo mejor de sí mismo, con una consciencia alerta y sana, cooperante y amorosa. De ahí que tantas veces haya repetido en mis clases de meditación, que si el reformador no reforma previamente su mente, ¿qué podemos esperar de él? No digamos nada de los políticos, ciegos conduciendo a otros ciegos para todos, diría Jesús, despeñarse, embebidos en su voraz tendencia a fotalecer el más perverso narcisismo. Son como actores frustrados, dando no lo mejor de sí mismos, sino desde su consciencia estrechada y enfermiza, lo peor, y lo que indujo a Krishnamurti a ser tajante afirmando que no son gente de fiar.
La consciencia está aletargada y hay que desarrollarla. Es el camino hacia la conciencia despierta. Todavía seguiremos incursionando en este terreno en un tercer trabajo, que pronto llegará. Sin consciencia realmente evolucionada todo es confusión y oscuridad. Uno de los más fecundos propósitos de la vida es desarrollar la conciencia y dejar que su perfume nos inspire a nosotros mismos y a los demás. La consciencia solo egocéntrica y embotada es miseria y crea miseria. Sin ella no hay un eje en el que afincarse, nos disgregamos y estamos perdidos. La vida nos vive. Y como declaraba Nisargardatta, "sin amor incluso la vida es un mal".
A lo largo de toda la historia de la humanidad ha habido seres humanos que han empeñado su vida en ir logrando la evolución de la consciencia, porque entonces seremos realmente y la Presencia se convertirá en nuestro maestro más fiable. Para ello se han vertido infinidad de enseñanzas y métodos, algunos de los cuales examinaremos en el próximo trabajo. Descubrir el rostro original exige cubrir un camino largo y sinuoso, pero es la posibilidad de la posibilidad de no seguir siendo un Ulises a la deriva y poder volver a casa.
Ramiro Calle
Director del Centro Sadhak
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